TODAVÍA CREO EN LOS CUENTOS

Los cuentos de hadas son más que ciertos, no porque nos digan que los dragones existen, si no por que nos dicen que pueden ser vencidos.

Me dijiste:”no sabes cuanto te quiero y creo que te podría hacer feliz si tu me dejas porque yo lo que quiero es verte feliz a ti como sea”, pero yo no podía dormir así que te pedí un cuento, aún hoy sigo creyendo que la vida de cada uno es como la de una princesita y que nos merecemos ser muy pero que muy felices. 

 Ahí va se llamaba la princesita y el domador de caballos, me enseño a que nunca hay que dejar de soñar, por que los sueños de ayer son las esperanzas de hoy y pueden convertirse en realidad mañana. 

“Érase una vez una princesita huérfana que se llamaba Sara y vivía sola en un gran palacio con sus sirvientes.

Ella quería encontrar a un hombre del que se enamorara locamente para siempre, pero sabía que si ella no iba a buscarlo fuera de palacio nunca lo encontraría.

Lo que ella buscaba era un hombre que la cuidase y la respetase por ser una mujer no por ser la princesa del reino. Ella necesitaba darle su corazón a algún hombre digno de él, no al primero que se encontrara por la provincia.

Lo primero que hizo a la mañana siguiente fue vestirse de campesina para no parecer una princesita y coger comida para sobrevivir algún tiempo. Luego montó a caballo y salió velozmente del castillo para adentrarse en el bosque. Al principio tenía miedo ya que nunca había ido sola por el bosque pero al cabo del tiempo se acostumbró a él. Pasó su primera noche de su vida fuera del castillo a solas. No creáis que por ser una princesita no sabía hacer un fuego, lo que puso en práctica cuando empezó a caer la noche. Se hizo la cena y se quedó allí, bien dormidita sobre una manta y soñando en ese hombre que esperaba encontrar.

A la mañana siguiente cuando despertó, recogió todo y volvió a montar a caballo camino de su amado. Iba por un camino estrecho pero de paisaje muy bonito (altos árboles verdes, flores de nardo que crecían del suelo y un sol precioso que iluminaba todo el campo de margaritas) que le hacia sentir algo especial en su corazón. Entonces llegó a las afueras de una aldea donde vió a un hombre domando un caballo salvaje y ella se dió cuenta que era el hombre al que quería dar su corazón. Se acercó a él para saludarle y así poder conocerle poder hacer que el sintiese lo mismo. Empezaron ha hablar durante un largo tiempo y los dos sentían algo por el otro pero no se daban cuenta aún. Él le preguntó que si tenía sitio para dormir esta noche y Sara le contestó que era una forastera. Entonces la invitó a quedarse  en su casa todo el tiempo que necesitara.

Por la noche cuando él cocinaba la cena para ella empezaron ha hablar sobre ellos. Sara le tuvo que mentir sobre su vida pasada ya que si le contaba que era la princesita del reino a lo mejor se iba a asustar y no quería saber nada de ella. Después él le contó su infancia. Ésta fue un poco dura ya que se quedo huérfano desde los 17 años. Tuvo que salir adelante como podía domando caballos, lo que le había enseñado su padre años anteriores. A ella le fascinaba su historia y se estaba enamorando de él poco a poco, pero lo que no sabía era si él sentía lo mismo. Esa noche el domador le dejó dormir en su cama para que no estuviese tan incómoda y no tuviese frio. Él se cogió un manta y una almohada y se fue al suelo, pero dándole las buenas  noches besándola en la frente dulce y cuidadosamente.

Al día siguiente él se despertó temprano para preparar el desayuno y la despertó lentamente acariciándola la cara con suavidad. Ella se encontraba tan agusto que no quería que se acabara ese momento tan bonito nunca por lo que empezó ha hablar con él sobre sus sentimientos. Le confesó que estaba muy enamorada de él con lo que él respondió que desde la primera vez que la vió sabía que era la mujer de su vida y que no podía dejarla escapar. Sara se quedó tan asombrada por su reacción que no sabía que decir, solamente se sentía tan bien a su lado que se abrazaron fuertemente besándose apasionadamente.

Sara se quedó viviendo en casa del domador, pero sabía que algún día le tendría que contar la verdad sobre ella. Un día por la noche después de cenar Sara le dijo que tenían que hablar. Se sentaron los dos a la mesa y ella le confesó que era la princesa del reino pero que daría todo lo que tuviese por él. A esto el domador le respondió que no le importaba lo que fuese, sólo quería pasar el resto de su vida con ella. Sara le propuso que se fuera a vivir al palacio con ella para tener una familia juntos y poder criar a sus hijos ahí. Él accedió a tal proposición pero con la condición  de poderse llevar sus caballos a palacio. Su vida como domador era muy agradable ya que le apasionaban los caballos.

Al final los dos se fueron a vivir a palacio donde se casaron. Tuvieron 4 hijos, de los cuales eran 2 chicas y 2 chicos”

“Vivieron lo más feliz que se puede pedir en esta vida, con la persona a la que amaban a su lado”.

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