La llave maestra que salvó vidas

torres gemelas

Lecciones de vitales: 

Primera: aprender a enfrentar el miedo que es una barrera emocional inicial grande que hay que sortear para poder lograr nuestros objetivos.

Segunda: lo más importante que tenemos no es ni el trabajo ni el dinero sino los afectos, tus familiares y tus amigos.

Y tercera: Puedes utilizar las tragedias para hundirte o para levantarte como el ave fénix y hacer cosas grandes por los demás. (William Rodriguez, último superviviente del 11S)

Aquel puerto riqueño  llegó a Nueva York a principios de los 80, como un hispano más en busca del “sueño americano”, el quería ser mago…, pero pronto tuvo que comenzó a trabajar como encargado de limpieza de la torre norte del World Trade Center (WTC).

Cada día durante más de 19 años, William Rodríguez subía 150 pisos de escaleras como limpiador de las Torres Gemelas. Hoy, cinco escalones lo dejan sin aire por la fatiga crónica que sigue padeciendo cuatro años después de los atentados.

Aquel trágico martes llamo a su supervisor para decirle que no iba a poder ir a trabajar pero le pidieron por favor que fuese…  llegó media hora tarde y eso le salvó la vida.

Él guardaba una de las cinco llaves maestras para acceder a las escaleras y decidió quedarse para abrir las puertas a los bomberos y ayudarlos por las escalerillas angostas, empinadas, sin ventanas y llenas de humo negro. Tras tres incursiones de rescate, bajó corriendo, justo antes del hundimiento. Fue la última persona que salió viva de la Torre Norte

Cuando impactó el primer avión en la torre norte, a las 8:46, se encontraba en el primer sótano (B1) organizando con su supervisor la jornada del día: “De repente se oyó una explosión muy fuerte que nos levantó en el aire. El techo se derrumbó y las paredes se rajaron”.

En ese momento y como consecuencia de la explosión, apareció en medio del caos una persona con toda la piel arrancada y la cara le colgaba. Era Felipe David, un hondureño que se encargaba de reponer las máquinas de vending del edificio: “Su camisa estaba empapada de sangre. Todo el mundo estaba en shock. Le puse una toalla y me lo eché al hombro para sacarle fuera”.

Una vez en el exterior, Rodríguez escucha por primera vez a un agente de seguridad que un avión ha impactado en el edificio. Mira hacia arriba y ve el agujero que ha dejado en el piso 90. A aquella hora, un día normal, William debía estar en el piso 106 desayunando con el resto de colegas en el restaurante Windows of the World. Saber que todos sus compañeros estarían allí le hizo regresar al interior.

A pesar de la recomendación de su supervisor, Rodríguez decide volver dentro: “Nadie quería regresar. Mi superior no me dejaba volver, pero no le hice caso. El miedo en una situación de este tipo o te paraliza o te moviliza. Tomé el liderazgo y entré a través del sótano a la Torre Sur, donde estaba el centro de operación y control. Sorprendentemente no había nadie”.

Entre las torres sur y norte había un hotel allí una mujer inmovilizada por el shock le dijo que lo había oído todo pero que no podía irse porque era su primer día de trabajo y no quería que la despidiesen.La tuvo que sacar él del edificio.

Luego volví a la torre norte y oímos gritos de dos personas en un ascensor atascadas diciendo que se estaban ahogando por el agua que había entrado de los rociadores antiincendios. Estaban encapsuladas. Por primera vez dije: Dios mío ayúdame. Yo era agnóstico. No creía en nada”.

Como si fuese un milagro, de repente ve un gran pedazo de metal en un área que tenía que estar limpia de restos de construcción. Con el tubo logra abrir la puerta del ascensor pero la distancia hasta el elevador -se había quedado entre dos pisos- no le permite llegar a ellos. En ese momento vuelve a recurrir al espíritu divino: “Dije otra vez: Dios mío ayúdame. Me vino entonces a la cabeza que en el área de carga y descarga de los trituradores de basura había unas escaleras. Siempre estaban amarradas con cadenas y candados. Cuando llegué allí todas estaban atadas excepto una. Es como si estuviese esperándome. La cogí y puede ayudar a las dos personas sacándolas fuera”.

William volvió a entrar otra vez más en el edificio: “Me encontré al oficial de la policía encargado de la unidad canina de los perros. Y me dice: ¿Tienes la llave?”.

Había cinco personas con una llave maestra que abría todas las puertas del edifico. Las otras cuatro personas, los administradores de operaciones del WTC entrenados en rescates y primeros auxilios para casos de emergencia, fueron los primeros en correr fuera del edificio: “La razón por la que yo tenía una de las llaves maestras es porque en 1993 el WTC había sufrido otro intento de ataque terrorista. Aquel año yo estaba en el edificio y me caí por las escaleras del piso 96 y no me mandaron ayuda ni me buscaron. Estuve una infinidad de horas allí. El WTC era una ciudad dentro de una ciudad. Les demandé por aquel motivo y a partir de entonces contaba con  una llave”.

La llave se convirtió en un elemento muy importante porque en los rascacielos con más de 50 pisos existe un sistema de encapsulamiento en caso de incendio para que el fuego no se propague (el fuego busca oxígeno) por el que 3 pisos tienen puertas de escape que no abren y una sí.

A partir de aquel instante Willy se convirtió en la persona encargada de dirigir al equipo de bomberos: “Tenía la llave que abría todas las puertas y conocía el edificio mejor que nadie, aunque sabía que la operación iba a ser difícil. Los bomberos llevaban mucho equipaje encima y el edificio era muy alto. Yo hacía 110 pisos todos los días y estaba físicamente mejor que ellos”.

En el piso 27 tuvo la oportunidad de hablar con su madre: “Ella me decía que abandonara el edifico”. Sin embargo, Rodríguez continuó su labor con los bomberos: “Mi madre no sabía nada de mí, vio caer la segunda torre, es la angustia peor imaginable, no sabía si estaba vivo o muerto. Fueron momentos de desesperación”.

A la altura del piso 39 se oye otra explosión, el edificio se tambalea y se derrumban de los pisos 65 a 44. En aquel momento volvió al piso 27 donde había un hombre en silla de ruedas para ayudarle a bajar.

Después de haber vuelto en tres ocasiones al edificio, Rodríguez bajó corriendo justo antes del derrumbe de las torres gemelas. Viendo lo que se le venía encima, se protegió debajo de un coche de bomberos. El hundimiento del edificio produjo una nube de polvo, cemento, acero y otras sustancias: “El polvo me quemaba la cara y dije: Dios mío no le des a mi madre el dolor de verme en pedazos, que reconozca mi cadáver”.

Willy había sido mago (su gran pasión) y en las clases de escapismo le habían enseñado a controlar el aire de la respiración para que éste durara. Así lo hizo aunque pensaba que no saldría con vida. Únicamente pensaba en su madre y su perrita. Perdió el conocimiento.

Poco después de 3 horas fue rescatado. Fue la última persona sacada con vida de los escombros de las Torres Gemelas. Tras recibir los primeros auxilios en el lugar del atentado, pasó el resto del día como voluntario en labores de rescato. Al amanecer del día siguiente estaba de vuelta en la Zona Cero para continuar con sus heroicos esfuerzos.

Aquel día William rescató personalmente a 15 personas y más de 100 se salvaron gracias a la llave maestra y su ayuda.

En una entrevista le pregutaron:

En distintas ocasiones Vd. ha dicho que era agnóstico, pero en medio de aquella tragedia pidió ayuda a Dios en distintas ocasiones y según ha confesado se la concedió. ¿Qué opinión tiene de Dios a día de hoy?

A lo que William contestó:Pude haber muerto muchas veces durante ese día y no fue así. Creo que en aquellos momentos Dios me protegió y me dio una segunda oportunidad. A partir de 11-S  Dios se convirtió en un punto de referencia en mi vida. Me di cuenta que para sobrevivir en medio de tanto caos tenía que haber algo más grande que yo.

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