¿Quién soy yo para enjuiciar a alguien?

6-galletas_62147502636Había una vez una señora que debía viajar en tren. Cuando la señora llegó a la estación, le informaron de que su tren se retrasaría aproximadamente una hora. Un poco fastidiada, se compró una revista, un paquete de galletas y una botella de agua. Buscó un banco en el andén central y se sentó, preparada para la espera. Mientras ojeaba la revista, un joven se sentó a su lado y comenzó a leer un diario.

De pronto, sin decir una sola palabra, estiró la mano, tomó el paquete de galletas, lo abrió y comenzó a comer. La señora se molestó un poco; no quería ser grosera pero tampoco hacer de cuenta que nada había pasado. Así que, con un gesto exagerado, tomó el paquete, sacó una galleta y se la comió mirando fijamente al joven. Como respuesta, el joven tomó otra galleta y, mirando a la señora a los ojos y sonriendo, se la llevó a la boca. Ya enojada, ella cogió otra galleta y, con ostensibles señales de fastidio, se la comió mirándolo fijamente.

El diálogo de miradas y sonrisas continuó entre galleta y galleta. La señora estaba cada vez más irritada, y el muchacho cada vez más sonriente. Finalmente, ella se dio cuenta de que sólo quedaba una galleta, y pensó: “No podrá ser tan caradura” mientras miraba alternativamente al joven y al paquete. Con mucha calma el joven alargó la mano, tomó la galleta y la partió en dos. Con un gesto amable, le ofreció la mitad a su compañera de banco. -¡Gracias! -dijo ella tomando con rudeza el trozo de galleta. -De nada -contestó el joven sonriendo, mientras comía su mitad. Entonces el tren anunció su partida. La señora se levantó furiosa del banco y subió a su vagón.

Desde la ventanilla, vio al muchacho todavía sentado en el andén y pensó: “¡Qué insolente y mal educado! ¡Qué será de nuestro mundo!” De pronto sintió la boca reseca por el disgusto. Abrió su bolso para sacar la botella de agua y se quedó estupefacta cuando encontró allí su paquete de galletas

 

Cuando leí esta historia pensé ¿Cuántas veces hemos sido capaz de pensar que alguien se había comido nuestras galletas?

Parece que la solidaridad no está de moda y en determinadas ocasiones preferimos llevarnos por “el piensa más y acertarás”, una cosa que he aprendido es que nadie ni nada tiene derecho de entrar a enjuiciar en base a unas percepciones o a nuestras propias inseguridades. Por desgracia además nos permitimos el lujo en ocasiones de juzgar no sólo las acciones sino a las personas.

Las apariencias no lo son todo detrás de cada acción y de cada persona hay mucho más: una historia, una vida en definitiva una mochila. Me gusta especialmente esta reflexión:

Sabes mi nombre, pero no mi historia.

Has oído lo que he hecho pero no lo que he pasado.

Sabes donde estoy pero no de donde vengo.

Me ves riendo, pero no sabes lo que he sufrido.

Deja de juzgarme.

Saber mi nombre no implica conocerme.

Antes de juzgar, recuerda esto y piensa si a ti te gustaría ser juzgado con la misma dureza que lo haces con los demás.

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